“No creo que la mujer no haya estado en el mundo del vino, es más bien que no se nos ha visto”. En Valdeorras, ellas siempre han formado parte de su viticultura. Al lado del hombre, en muchos casos, ellas no pudieron podar o descargar el camión, pero su labor ha representado un pilar fundamental en el proceso de elaboración del vino en esta zona.
La frase, es de Cecilia Fernández, enóloga por vocación, que ha crecido al lado de las cepas de un viñedo familiar, y que cree que por fin “algo está cambiando” cuando “se ha descubierto que nosotras también hacemos las cosas bien”.

De la misma opinión es Andrea Arias, viticultora después de arquitecta, porque no concibe otra opción que atender las viñas que su padre, abuelo y bisabuelo trabajaron en A Rúa cuando ella era una niña. “Si las dejo, es como si me quitaran un brazo; todas las fotos que tengo de pequeña son con mi abuelo y una carretilla”, cuenta. Para ella, la sociedad sigue pensando en algunos trabajos “con una perspectiva de género obsoleta”.
Explica Andrea que su trabajo no depende tanto, como siempre se ha entendido, de las capacidades físicas que poseas, como de la capacidad que cada uno tenga de organizarse y estructurar los tiempos. Esto debe ir unido a “tu forma de hacer las cosas” en la que debes confiar, porque “si poco paso de los 50 kilos de peso y del metro y medio de estatura, no puedo pensar en cargar una mochila de sulfatar, prefiero recurrir a mi carrito, del que muchos se han reído y que sin embargo alguno empieza a copiar”.

Es cierto que la mecanización ha ayudado y mucho en la viña, a la vez que ha favorecido el acceso a más mujeres al viñedo. Aunque aún, algunas de ellas tengan que esquivar miradas masculinas de incredulidad cuando quien desbroza o planifica es una mujer.
Hasta optar por no comprar el vino si está hecho por una mano femenina. Sin tener en cuenta ni formación, ni experiencia, ni valía, “le dijo a mi padre que si yo hacía el vino, no lo iba a comprar”. Cecilia dice que pocas han sido las experiencias desagradables en su vida laboral, pero esta, por tratarse de una persona cercana a la familia, aún le dolió más.
Afortunadamente, ninguna de las dos tiró la toalla, como no lo hizo tampoco Mari Carmen Guitián. Hoy una institución en la viticultura valdeorresa, Mari Carmen habla de su vida de esfuerzo y trabajo incansable restando importancia a su labor en la empresa. En su boca, siempre presentes sus dos hermanos, Ramón – fallecido a finales de 1996 – y Senén, a quienes se refiere instintivamente cuando se trata de enumerar méritos.
“Yo no pude estudiar, no había”, cuenta, “lo aprendí todo de ellos”. Senén, sin embargo, afirma que “ella es la que manda”. Y reconoce una organización y practicidad, que “el hombre no tiene”. Algo de lo que también se ha dado cuenta Cecilia, que trata “de rodearse de mujeres en su empresa” porque “la manera diferente que tenemos de ver las cosas hace que funcionemos mucho mejor de forma autónoma y autosuficiente”.

Y es que, todas ellas, volverían a la viña si tuvieran que elegirla de nuevo, porque como dice Andrea desde un despacho de arquitectura en Madrid, “no conozco otra cosa que proporcione el mismo nivel de satisfacción”. Un sentimiento que permanece “como parte de uno mismo” apoyado en los recuerdos de una niñez en conexión con la tierra.
Quizás por esa razón, Cecilia se cuestione ahora si realmente está transmitiendo a su hija “el verdadero valor del vino como me lo transmitieron a mí”, como “algo que acompañó siempre nuestras vidas, mientras pisaba las uvas, usaba la prensa o seguía a mi padre a la bodega donde siempre me gustó ir”.
Lo cierto es que, después de todo, para verlas, no había más que quererlas ver, cada una a su manera, en un mundo donde la pasión ha igualado cualquier diferencia de género que alguno todavía se resista a hacer. Porque la tierra las llama a gritos, y a algunas, como a Andrea, las hace regresar cada poco desde la capital para reclamarle sus cuidados; a otras, como a Cecilia, las convence para que empleen su tiempo en asegurarse de que todos tengan a punto el vino en su mesa; y a las más veteranas, como a Mari Carmen, les pide que le dediquen su vida entera.

Agradecimientos:
A Mari Carmen Guitián, bodeguera al frente de Bodega A Tapada, Rubiá.
A Cecilia Fernández, enóloga y gerente de Cecilia Fernández, Consultoría enológica – Tienda de Vinos, A Rúa.
A Andrea Arias, viticultora de, por lo menos, cuarta generación.