Una vida al lado de la vid

8 marzo, 2025

 “Yo tuve la suerte de crecer desde niña en el mundo del vino, y nunca experimenté discriminación alguna por el hecho de ser mujer”. Así resume Estefanía Rodero, directora general de la empresa Familia Rodero Villa, que conforman Pago de los Capellanes e O Luar do Sil, su experiencia en un sector en el que tradicionalmente la masculina, siempre fue la figura predominante. “Bien es cierto que quizás fui una privilegiada, porque en nuestro caso el proyecto fue llevado a cabo por los dos, fundado por los dos, y ahora, desde que tristemente hace dos años que mi padre no está, seguimos mi madre y yo al pie del cañón”, explica.

Para Estefanía como para su familia, “cuando un proyecto nace de la visión de una pareja, los que están dentro tiran todos del carro, sean hombres o mujeres” y, en ese sentido, “fue todo un ejemplo” para ella y espera que lo sea también para su hija en el futuro.

Estefania Rodero Villa (derecha) y su madre, Conchita Villa Ubiergo, entre viñedos.

De la misma opinión es Trinidad Corzo Pérez, viticultora de cuarta generación, que vivió siempre del campo en el que “fue muy feliz” a pesar del trabajo duro que supuso para ella desde muy pequeña. “Yo iba con mi padre a arar las viñas, él me llevaba para ir delante de la vaca y guiarla, pero me daba el sueño, recuerdo que me iba durmiendo porque era pequeña y tenía que ir al colegio también”, recuerda esta viticultora.

Crecer en el campo le hizo escapar de estereotipos de género o cualquier tipo de discriminación que no se desprende de ninguna de sus palabras, más bien, todo lo contrario. “Yo siempre colaboré en todos los trabajos; si no iba a las viñas, hacía otras cosas, en la huerta, en la casa o cebando cerdos”, cuenta Trini. Eso sí, lo podía hacer “porque nosotros éramos los jefes; si se ponía a llover, no iba a las viñas y quedaba en casa”.

Viñedo de Trinidad Corzo en Chandoiro (O Bolo).

Sin embargo, el amparo de un proyecto familiar, no lo tuvo en su carrera profesional la enóloga de Adega Terriña, del grupo Méndez-Rojo, Lucía Carballeira Lois. “Siempre noté esa falta de confianza, porque no creen en ti del mismo modo que si fuese un hombre”, asevera una persona que desde muy joven tenía muy claras sus metas y las alcanzó porque “fui criada por una madre que insistió siempre mucho en nuestra independencia, la de las tres hermanas que somos”.

La enóloga Lucía Carballeira, en Adega Terriña, Petín.

En el caso de esta enóloga, las diferencias se dejaron notar en muchas ocasiones cuando su nivel laboral entró en la ecuación. “En esta empresa nunca noté discriminación por ser una mujer en mi puesto de trabajo, pero sí que es cierto que en el campo, a veces, no están hechos a que una mujer mande”, explica. Y confiesa que, en muchos casos, “tuve que relativizar porque si lo tomas como un insulto, no hay manera de trabajar”. Su consuelo es, que “cada vez somos más mujeres en la viña, y no les queda otra que pensar en igualdad”.

En este sentido, Lucía, igual que Estefanía, confían en seguir avanzando de la única manera que consideran válida, desde la educación. “Las niñas tienen que ver niñas trabajando en el mundo del vino, en puestos de dirección, tienen que ver que son capaces igual que los hombres”, afirma Estefanía, porque solo así “no se plantearán si pueden o no, será algo natural”.

“Ser enóloga o médica, es algo normal, no especial; tener un cargo alto en una empresa siendo madre, no puede condicionar a una mujer, porque se es la última en llegar a casa, no está escapando de sus responsabilidades con la familia, porque no son solo ‘suyas’”, sentencia Lucía. Y acto seguido recuerda los 120 kilómetros que hace todos los días desde Ourense capital hasta Petín; “en mi caso, la que pasa más horas fuera de casa soy yo”.

Llegar a su meta profesional supuso un camino duro por la propia dificultad de la profesión, a la que se añadió el hecho “de tener que hacer más para que te valoren igual que a un hombre”. Siempre le resultó chocante que “te pregunten por facetas de tu trabajo diario como si no las pudieras hacer por ser mujer, por ejemplo, si tengo miedo a quedarme sola en el campo cuando estamos en la vendimia; yo creo que nuestra independencia, les asusta”.

Si en algo coinciden las tres, es en su amor por la viña, lo que las mueve cada día a seguir haciendo lo que mejor saben hacer. En esa línea, están de acuerdo en que “la evolución es positiva” pero no tienen duda de que hay que seguir trabajando “para que a ninguna mujer se le niegue el derecho de llegar donde quiere llegar”. Está claro que el mundo del vino necesita mujeres Estefanía, Lucía y Trini, que formaron y siguen formando parte de lo que hoy es nuestra viticultura valdeorresa.

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